Marzo de 2020. La vida se para. El adversario está por doquier y ni siquiera se le ve ni se le conoce. La prioridad: defender las vidas de millones de personas de un virus desconocido que lleva al límite al mundo entero.
Los hospitales se convierten en trincheras, los sanitarios carecen de las armas necesarias para defenderse y las administraciones públicas las buscan con desesperación en un mercado que no da más de sí. Fue el momento de la responsabilidad, de arrimar el hombro ante una situación excepcional.
«Tenemos que tener solidaridad», dice Ignacio Vega, presidente del Grupo Cardiva. Su empresa se dedica desde hace 30 años a fabricar cobertura quirúrgica para proteger las camas de los quirófanos y también para las batas de los sanitarios.
No obstante, en el primer momento de crisis se tomó conciencia de que las batas pueden proteger a muchos más aparte de los que las usan en los quirófanos. «Cuando llega la covid-19, el consumo de batas protectoras se extiende a las necesidades de todo el hospital porque se puede contaminar cualquier persona», relata Vega.
Así comienza la historia reciente de una empresa que en el último año ha fabricado más de 7 millones de batas para el sector sanitario en sus instalaciones malagueñas. La cuestión es que las batas quirúrgicas no contaban con la certificación necesaria para el uso que se les iba a dar con el covid-19.