Una tras otra las subidas de precios se suceden: los precios de los materiales de la reforma que planeábamos, el diésel del coche, el fertilizante del jardín, el cloro de la piscina, la luz…Además, parece que el fenómeno es global. Y sin embargo hay algo que aún parece no haber reaccionado mucho, ni en España ni fuera de ella – los salarios.
Esto es importante. Porque la teoría dice que si los salarios no se contagian (o como yo diría, que compensen parte del dolor de los particulares), entonces la inflación no es estructural, y debería ser transitoria.
Si la teoría es cierta, digo yo, será porque al no subir los salarios… hay un límite máximo a cuánto pueden pagar los consumidores, y el ciclo inflacionario se detendrá. ¡Aunque seguramente también se detenga el crecimiento!
La relación entre la teoría y práctica, tal vez se parezca en algo a la relación entre la macro y la microeconomía. Y cada vez más se empieza a ver en compañías concretas algo que puede ser preocupante, y refleja justo todo lo anterior.
Primero se vieron alzas de precios en los productos finales de muchas empresas. Por la gran recuperación de volúmenes tras la covid, y la respuesta no inmediata, los precios más elevados ayudaban a ajustar oferta y demanda. Muchas empresas vieron sus beneficios multiplicarse – menos mal, así podían recuperar parte de lo perdido, y continuar con su actividad y recuperar el empleo.