¿Quién no ha desbloqueado su teléfono utilizando su huella dactilar? Probablemente sea la aplicación de la biometría más típica, pero a esta hay que sumar otras como son el reconocimiento facial, de iris o el vocal. Se trata de una tecnología más precisa que garantiza un nivel de infranqueabilidad y fiabilidad mayor por el hecho de estar relacionado con el usuario. Las características biométricas son intransferibles.
De un tiempo a esta parte, esta tecnología ha experimentado una expansión que se debe a que acarrea menos costes, mayor seguridad y una mejora en la experiencia de usuario. Estos puntos positivos hacen que cada vez más empresas, instituciones, entidades bancarias y servicios sanitarios incluyan este tipo de infraestructuras en su funcionamiento habitual. Por ejemplo, el reconocimiento de la huella es utilizado para el registro de jornada.
En el terreno de la pequeña y mediana empresa, está sembrado el desconocimiento. «La pyme está padeciendo de conformismo, está esperando a que esté muy extendido el sistema para planteárselo y lo que ocurre es que cuando uno es reactivo pierde competitividad», destaca el Director de desarrollo de negocio de Biometric Vox, Carlos Gavilán.
¿Prima la seguridad o la experiencia de usuario?
La legislación europea otorga importancia a la biometría. Una relevancia que se materializó en la normativa de pagos PSD2 que entró en vigor el pasado mes de septiembre. Estableció tres tipos de autenticación para validar la identidad de una persona y así securizar las transacciones online: 1) algo que se sabe (contraseña), 2) algo que se posee (una tarjeta de crédito) y 3) algo que se es, y es aquí donde la biometría cobra un especial protagonismo.
Gavilán señala que «es más difícil que tengamos problemas en nuestro negocio cuando identificamos a alguien por su huella biométrica que cuando le pedimos un código, que no solo es susceptible de robo, sino que ante un problema, nosotros no podemos demostrar si nos robaron o no».