El capital circulante es uno de los pilares más críticos para la operación diaria. Representa los recursos financieros necesarios para cubrir las operaciones de corto plazo: desde la compra de inventarios hasta el pago de proveedores o deudas inmediatas.
Gestionarlo con precisión es un ejercicio de equilibrio entre mantener liquidez y financiar el crecimiento. Un mal manejo puede comprometer tanto la estabilidad como la capacidad de expansión de la empresa.
¿Qué es el capital circulante?
Se calcula restando los pasivos corrientes de los activos corrientes. Estos últimos incluyen efectivo, cuentas por cobrar, inventario y otros activos que se espera convertir en dinero a corto plazo. Los pasivos corrientes abarcan deudas con vencimiento menor a un año, como cuentas por pagar u obligaciones financieras inmediatas.
Una gestión adecuada asegura que la compañía cubra sus necesidades operativas sin recurrir a préstamos costosos ni frenar su actividad. El desafío es mantener la caja en un nivel óptimo: ni excesiva liquidez inmovilizada que limite la inversión, ni insuficiencia que impida aprovechar oportunidades.

El desafío de la gestión
El principal reto consiste en equilibrar liquidez y crecimiento. Focalizarse demasiado en acumular efectivo puede limitar la innovación o la expansión. Invertir demasiado rápido sin cuidar el capital circulante, en cambio, puede derivar en problemas de liquidez que amenacen la viabilidad del negocio. Factores como la estacionalidad, los ciclos de ventas o las fluctuaciones del mercado obligan a ajustar la gestión de manera dinámica.

