Quedan lejos los tiempos en que Carlos Ghosn protagonizaba un manga en el que se contaba su vida, su ascenso al Olimpo de los grandes líderes empresariales. Era 2001, y Superior, una revista de manga, le dedicó unas escenas para contar cómo se había convertido en una de las mayores celebridades de Japón y del mundo empresarial asiático. Su mérito: salvar Nissan de la quiebra.
Aquellos años significaron los momentos cumbre de su carrera, con reconocimiento a su labor al frente del fabricante de coches nipón. Fortune le calificó empresario del año en Asia en 2002. La misma revista le incluyó en la lista de los diez hombres de negocios no estadounidenses más importantes del mundo. Además, fue nombrado el cuarto líder de negocios en 2003 por Financial Times y Pricewaterhouse Coopers.
Ahora, todo el prestigio adquirido en la década de los 2000 se viene abajo con la investigación de Nissan, de la que se deduce que utilizó de forma indebida activos de la compañía y recibió ingresos que no declaró. Estas malas prácticas contrastan con las virtudes que le llevaron a presidir la empresa nipona en 1999.
En esos momentos, la salud de Nissan era débil, pero en Renault, la compañía que ostenta un 44% de la propiedad, creían en su recuperación. Para ello, Louis Schweitzer, presidente de Renault, confió en su mano derecha, Carlos Ghosn, para revitalizar a una compañía que se encontraba al borde del colapso.
La receta del dirigente franco-brasileño fue drástica: eliminó 21.000 puestos de trabajo, así como empleos vitalicios y cerró cinco fábricas en Japón. Ghosn lanzó su órdago. Prometió marcharse si la empresa no era rentable en el año 2000. El resultado le dio la razón y, en unos años, Nissan creó el Qashqai, un todoterreno que revolucionó la industria automovilística hasta el día de hoy, en el que los modelos SUV viven una época de apogeo.