El país se enfrenta a una serie de retos que ya están dificultando su expansión. ¿Puede el gigante asiático acelerar sus reformas económicas y mantener un ritmo de crecimiento saneado? Frente a un trasfondo de ralentización del crecimiento, las autoridades del gigante asiático se encuentran frente a una encrucijada: por un lado desean implementar la siguiente fase de su ambicioso programa de reformas, pero por otro deben velar por unos niveles de crecimiento compatibles con el mantenimiento del empleo nacional, la cohesión social y unas rentas crecientes.
Según BNY Mellon, la irrupción de China como superpotencia económica en la arena mundial es uno de los principales temas de desarrollo global de las últimas tres décadas. Con una superficie aproximada de 9,6 millones de kilómetros cuadrados y una población superior a los 1.300 millones de personas, China es un país gigante en todos los sentidos.
Hasta su reciente bajón económico, el país asiático creció a un ritmo cercano al 10% anual desde que comenzara su liberalización económica en 1978, según cálculos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Esto se ha traducido en una mejora del nivel de vida y ha sacado a muchos de la pobreza, transformando a la economía china en uno de los principales centros manufactureros del mundo. Durante este proceso, más de 270 millones de personas se han trasladado de zonas rurales para trabajar en ciudades. La escala de la urbanización es tal que las ciudades chinas ya albergan a más de la mitad de la población.
¿Primera economía mundial? Luces y sombras
En octubre de 2014, el FMI actualizó sus datos sobre la economía mundial y clasificó a China por primera vez como la mayor economía del mundo en términos de paridad del poder adquisitivo, una medida que permite comparar cuánto puede comprar la gente con su dinero en distintos países.