El sector aéreo es uno de los más vapuleados ante la emergencia climática que sacude el planeta. Movimientos como el Flygskam (vergüenza de volar), que tiene su origen en Suecia, se han convertido en un fenómeno viral a nivel mundial. Todo un guiño al activismo ecológico europeo que ha tomado su máxima expresión en figuras como Greta Thunberg y las maniobras que realizó para llegar en barco y tren a la Cumbre del Clima celebrada en Madrid desde América Latina.
La oleada en contra no es casual. Según recoge la página web FlightRadar24, solamente el pasado viernes 31 de enero, se llevaron a cabo casi 185.000 vuelos a nivel mundial, cifra que extrapolada al mensual se traduce en unos cinco millones de vuelos durante enero.
Fuente: FlightRadar24
La Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que viajando en avión un pasajero emite 285 gramos de dióxido de carbono (CO2), frente a los 14 gramos que emitiría si lo hiciera en tren. Para hacerse una idea, un vuelo entre Londres y Nueva York provoca el mismo nivel de emisiones que calentar un hogar durante un año entero, según la Comisión Europea.
En este contexto, se encuentra la industria aérea con una reputación que no deja de caer en picado, a pesar de los esfuerzos por atenuar su impacto medioambiental y aunque solamente sea responsable del 2% de las emisiones globales, según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA). «La aviación no es el problema, son las emisiones», señaló el director general para España y Portugal de la aerolínea easyJet, Javier Gándara, durante una ponencia sobre turismo sostenible en el marco de la 40ª edición de Fitur. El dirigente se mostró crítico con una situación que, a su juicio, «debe atajarse desde la raíz».
Si bien valoró las medidas puestas en marcha por parte de algunas compañías del sector -incluida la que él encabeza- de neutralizar el carbono derivado de la propia actividad de la empresa, Gándara puso sobre la mesa el proyecto del Cielo Único Europeo. Se trata de una iniciativa que persigue optimizar la gestión del espacio aéreo a nivel continental y cuya implantación se estudia desde hace más de dos décadas. La propuesta se hizo incluso antes de que términos como cambio climático o sostenibilidad medioambiental se popularizaran. Sin embargo, esta medida ha alcanzado la veintena de edad y su ejecución aún está en el aire.