Tabla de contenidos
Durante décadas, el conflicto se consideró un enemigo natural de la empresa moderna. Un síntoma de que «algo iba mal», una señal de desalineamiento o incluso de incapacidad directiva.
Los manuales de management lo describían como un fuego que había que sofocar cuanto antes. Hoy, sin embargo, el conflicto ha dejado de ser una amenaza: se ha convertido en una métrica del nivel de madurez organizativa. Las compañías más avanzadas no lo esconden: lo diseñan, lo provocan y lo orquestan.
Velocidad de decisión
En sectores donde la complejidad se acelera —tecnología, energía, logística, consultoría—, la velocidad de decisión exige más que equipos alineados. Las organizaciones más competitivas buscan armonía funcional, no armonía absoluta. Las tensiones aportan información valiosa para detectar riesgos, inconsistencias y oportunidades que el consenso acrítico oculta.
La proliferación de marcos como debate estructurado, radical candor o pre-mortem ha normalizado la idea de que un conflicto bien gestionado es pensamiento estratégico.
En compañías globales de software, algunos equipos productivos no cierran decisiones importantes sin una sesión de fricción: quince minutos para cuestionar el plan desde todos los ángulos posibles.


