Las voces autorizadas en el mundo económico señalan el tamaño de las empresas españolas como uno de sus puntos débiles. «Nuestra pyme se queda mucho más cerca de la ‘p’ que de la ‘m'», lamentaba Gerardo Cuerva, presidente de Cepyme, en unas declaraciones recientes.
Ello tiene que ver con las dificultades de las empresas para acceder a la financiación. Los préstamos bancarios constituyen la principal fuente de recursos externos, lo que supone una hipoteca para el crecimiento futuro de las empresas. De hecho, según datos del Banco de España, más del 40% de las empresas necesitan una restructuración financiera, mientras que el 22% de ellas está en quiebra técnica por fondos propios negativos.
Estos datos denotan la precaria situación de los pequeños negocios españoles, según explica Cuerva: «Tenemos un problema de liquidez que tenemos que evitar que se convierta en un problema de solvencia». Ante eso, la entrada en los mercados bursátiles representa una vía apenas explorada en España.
El propio presidente de la CNMV, Sebastián Albella, se ha mostrado favorable a esta fuente de financiación: «Sigo creyendo en los mercados públicos de acciones como la alternativa más natural». De ese modo, defiende «que haya más empresas cotizadas», lo que se traduce en mayor transparencia y, sobre todo, «significa que hay más empresas en un entorno que anima al crecimiento».
Además de ampliar las posibilidades de financiación, la entrada en bolsa supone tener que profesionalizar la gestión para competir en un mercado en el que participan las empresas más ambiciosas, según lo definió Albella. A esta posibilidad se une el hecho de que la marca de la empresa puede verse favorecida tras comenzar a cotizar.