La especulación financiera avivó el miedo sobre las deudas de los países del sur de Europa durante la anterior crisis. Hasta que Mario Draghi no pronunció el discurso que salvó el euro, el Viejo Continente se veía abocado al desastre.
El dirigente italiano apaciguó la situación y a continuación sus homólogos europeos respiraron tranquilos, pero conscientes de que necesitaban muchas reformas para evitar los mismos males en el futuro. La banca fue una de las causas de aquella situación. En el caso español, por atarse a la burbuja inmobiliaria.
“La normativa que se generó después de la crisis financiera de 2008 ha permitido que los bancos europeos estuvieran en una posición de capital, de liquidez y de robustez que les ha permitido seguir funcionando de forma relativamente normal cuando la pandemia entró en su fase más crítica”, afirmó José Manuel Campa, presidente de la Autoridad Bancaria Europea, durante un encuentro con el Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica.
Precisamente, este martes se ha aprobado la trasposición de dos Directivas europeas a la regulación española, que atañen a requisitos de capital y a la resolución de entidades, ambas incluidas en el llamado «paquete bancario». El propósito de esas normas es cumplir con los requisitos de Basilea III, concernientes a la salud financiera de los bancos.
Esta legislación procede, por otra parte, de un intento por avanzar en la Unión Bancaria europea. Así, se revisaron las normas de solvencia y gestión de crisis de las entidades de crédito con el fin de aumentar la fortaleza y resistencia del sector bancario. En resumen, su función última es reducir los riesgos del sistema financiero. Por ello, se busca asegurar la solvencia de las entidades financieras y establecer los incentivos para que no asuman riesgos excesivos.