El pasado octubre estuvo marcado por una enorme volatilidad en los mercados financieros nacionales. Y no es casualidad que ese nerviosismo coincida con un mes en el que prácticamente todos los días salían a la luz nuevos casos de corrupción, que, inevitablemente, han desembocado en un fuerte avance del partido político de Pablo Iglesias.
El ministro de Economía, Luis de Guindos, aseguraba el viernes que Podemos no preocupa a los mercados porque no es una opción viable. Pero nada más lejos de la realidad. España ha pasado de ser un riesgo para el crecimiento económico a uno puramente político para muchos gestores. El problema es que en esta espiral entrelazada, el mercado de deuda nacional puede verse abocado a una fuerte presión, especialmente por parte de los inversores internacionales.
De momento, el escenario actual ya le cuesta dinero al Tesoro español. La prima de riesgo, por ejemplo, ha subido desde 115 puntos básicos que rondaba a principios del mes pasado a 133 puntos, con la rentabilidad del bono a diez años en el 2,16%. Y los inversores internacionales tienen mucho que ver en este contexto. Ellos son los que más se fijan en los informes de las grandes firmas de análisis como JP Morgan, que coincidiendo con la publicación del último CIS, ha vuelto a sembrar de dudas el mercado con una nota a clientes en la que advierte del riesgo de invertir en deuda española. El mismo banco que hace apenas unos días aseguraba que ‘España ha pasado de ser el peor al mejor de la clase’.
Manzanas podridas
Lo mismo han hecho otras publicaciones de gran influencia internacional como The Economist. En un duro artículo titulado Corrupción española: un montón de manzanas podridas, el medio señala al Partido Popular como "el peor pecador", aunque advierte que la corrupción salpica a todos los partidos. El semanario advierte de que los casos de corrupción descubiertos son "la punta del iceberg" y amenazan la estabilidad del país.