El impacto más agudo de la pandemia del Covid-19 que han sufrido las personas se ha producido en la salud y en la seguridad financiera. Sin embargo, el brote también ha puesto de relieve el coste que tiene para nuestro medio ambiente las actividades habituales del ser humano, y en particular en lo que tiene que ver con el cambio climático y la contaminación atmosférica.
Si bien a corto plazo la recesión actual está reduciendo a un ritmo significativo las emisiones de gases de efecto invernadero, inevitablemente se producirá un repunte cuando la pandemia disminuya y las economías empiecen a recuperarse. Mientras tanto han resurgido otros riesgos ambientales.
Sin embargo, la nube del Covid-19 parece dejar un resquicio de esperanza ambiental. Aprovechando los bajos tipos de interés y la rápida disminución que se está produciendo en el coste de las tecnologías renovables, hay una oportunidad de dar un enfoque verde a la recuperación. Los inversores que se centran en cuestiones ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) tienen un papel fundamental en la asignación de capital para asegurar que se acelere la transición a una economía con bajas emisiones de carbono y más sostenible.
Cielos despejados, ¿pero, por cuánto tiempo?
Con gran parte de la economía mundial bloqueada, la mejora de la calidad del aire ha sido una de las pocas manifestaciones positivas de la crisis de Covid-19. Goldman Sachs estima que las emisiones de CO2 relacionadas con la energía en el mundo probablemente disminuirán al menos un 5,4% (1,8 GtCO2) en 2020 en términos absolutos. En un orden de magnitud, esta sería la mayor disminución registrada jamás.