El trastorno causado por el COVID-19 ha incrementado notablemente el volumen de preguntas acerca de qué medidas están tomando las empresas respecto a sus sistemas de incentivos comerciales.
A principios de marzo, Willis Towers Watson realizó una encuesta sobre los impactos del COVID-10 en las políticas de retribución variable entre compañías de Estados Unidos y Europa. Alrededor del 75% de los participantes afirmó no haber realizado ningún tipo de modificación o ajuste en sus incentivos de ventas. Por otro lado, en torno a un 15% de la muestra sí estaba considerando realizar algún tipo de ajuste discrecional en los objetivos para que fueran más fácilmente alcanzables en el nuevo contexto.
Dada la rapidez e imprevisibilidad del entorno en el que actualmente nos encontramos, las empresas se han visto obligadas a tomar decisiones. Todo plan de actuación de una compañía debe estar apoyado por una estrategia sólida ya que, pese la situación de incertidumbre en la que nos encontramos, la crisis del COVID-19 se ha convertido en una oportunidad única para reestructurar o redirigirla propuesta de valor de la fuerza de ventas.
Para ello, es crucial que, en primer lugar, entendamos la situación específica de cada compañía. Por un lado, encontramos empresas en las que su estrategia de ventas, que requiere interacción presencial, es imposible de ejecutar debido a las limitaciones en la movilidad. Por otro lado, están las que, como en el sector alimentación, se han visto sorprendidas con unos altos niveles de demanda de sus productos. En este contexto, pese a que sean situaciones totalmente opuestas, ambas comparten un elemento en común: la crisis del COVID-19 está desafiando sus incentivos de ventas.
A la hora de pensar posibles soluciones aplicables a las diferentes situaciones a las que están enfrentando las empresas, hemos de remitirnos a la crisis financiera de 2008, ya que muchos planes de acción llevados a cabo entonces siguen siendo aplicables hoy en día. En este sentido, nos encontramos con dos tipos: