"Controversia, discusión, contienda, lucha, combate". Así es como define la Real Academia Española (RAE) la palabra "debate". Y, o la que les escribe se confundió de cadena, o el debate a 4 fue todo menos "debate".
El hasta ahora "temido" momento, el único enfrentamiento que se antojaba polémico entre los cuatro candidatos de los principales partidos a las elecciones generales del próximo 26 de junio en España, supo a poco, a muy poco.
Faltó espontaneidad, careos, cruce de datos… Faltó todo. Un debate cuya hoja de ruta estaba tan marcada desde hace semanas, que en el momento de la verdad resultó soso. El que prometía ser el debate del siglo se quedó en una sucesión de intervenciones y un mensaje propagandístico final que poco tiene que ver con los ‘cara a cara’ a los que estamos acostumbrados.
Vimos a un Mariano Rajoy a lo suyo, centrado en los datos macroeconómicos del pasado escogidos a dedillo. El presidente del Gobierno en funciones se centró en sus post-its y no en lo que de verdad le importa a los ciudadanos, cómo terminar con los casi 5 millones de parados y cómo volver a reavivar unas políticas sociales demasiado abandonadas por el partido azul. Rajoy se excedió en los propios tiempos de intervención que habían pactado los cuatro partidos, sin saber cómo responder a los escasos turnos de réplica que tenía por alusiones.
Pedro Sánchez también había marcado su propia hoja de ruta, proponiendo las medidas estrella en políticas sociales y creación de empleo que ya tantas veces han oído los ciudadanos, pero que estando las cuentas públicas como están (con una deuda que ya supera el 100% del PIB) parecen difíciles de llevar a cabo.