Marta Cortiñas no llegó a los videojuegos por vocación temprana, sino por saturación: «No me gustaba nada lo que estaba haciendo». Ingeniera de telecomunicaciones, dio un giro al hacer un máster en multimedia. Fue ahí donde descubrió que se podía trabajar —y vivir— de los videojuegos. Entró como assistant producer en la ya desaparecida Digital Chocolate. Y desde entonces, no ha dejado de escalar en la industria.
Hoy es executive producer en King, donde lideró el lanzamiento de Candy Crush Solitaire, un spin-off que muchos creyeron un error. «Cuando preguntamos a los usuarios, nos dijeron que no lo hiciéramos», recuerda. El choque era evidente: el solitario es calmo, reflexivo; Candy es color, energía, movimiento. Pero ella y su equipo intuyeron algo más: «Queríamos expandir la franquicia, llegar a otro tipo de jugador».
«Entonces fue ese momento que alguien lo probó y fue como: «Sí, esto va a cambiar el rumbo del juego».»
Lo que parecía un matrimonio forzado entre dos géneros antagónicos se convirtió en uno de los movimientos más valientes de la marca. La clave estuvo en reinterpretar la esencia, no copiar la forma.
«Nuestra carta Color Bomb no replica la mecánica del Candy original, sino el momento explosivo que lo define», explica Cortiñas, «Entonces fue ese momento que alguien lo probó y fue como: `Sí, esto va a cambiar el rumbo del juego´. Y como esto, pues muchas cosas chiquititas de interacción que te van creando un producto mejor.»

