Ya ha pasado una década desde que el hundimiento de Lehman Brothers desencadenara una oleada de deflación en los precios de los activos que no solo provocó sacudidas en las bolsas y también en los mercados inmobiliarios y en la economía real. La cuestión es si sigue habiendo daños colaterales y si se ha conseguido extraer un aprendizaje.
Según Paras Anand, gestor de activos de Fidelity, Sus efectos secundarios siguen sintiéndose en todos los ámbitos, desde la política hasta la mentalidad de los inversores, por lo que los cataclismos de 2008 parece que sucedieron ayer.
En opinión de Nick Clay, gestor principal del Newton Global Income, fondo de BNY Mellon IM, “no hemos aprendido nada y la adicción simplemente se ha intensificado”. El experto añade que la deuda mundial, ya sea gubernamental, financiera, de los hogares o de las empresas, tanto del mundo desarrollado como en desarrollo, “ha aumentado de forma considerable desde el estallido de la crisis financiera”.
Además, la deuda continúa viéndose respaldada en gran medida por el valor de los activos en vez de por la solvencia de los prestatarios, lo que inevitablemente nos recuerda a la burbuja inmobiliaria previa a la crisis. Esta idea de que el valor de ciertos activos ‘siempre sube’ está a punto de verse cuestionada, una vez más, con el paso de la expansión cuantitativa a una gradual restricción cuantitativa (QT).
El experto de BNY Mellon explica que si se demuestra que es posible retirar los estímulos de la última década sin provocar una nueva crisis, podremos afirmar que “la expansión cuantitativa es la nueva herramienta que los bancos centrales usarán de facto para gestionar su política monetaria en el futuro”. Pero si, por el contrario, la restricción monetaria pone de relieve lo insostenible de esta adicción, “nos daremos cuenta de que no hemos aprendido nada”.