La divergencia disruptiva a la que aludían desde Nordea AM en sus últimas «Perspectivas de otoño» se está desarrollando según lo previsto. La economía estadounidense avanza a toda máquina mientras que China sigue ralentizándose, pese a los renovados estímulos fiscales y monetarios. Puesto que la política monetaria mundial viene determinada en gran medida por Washington, y el crecimiento mundial aún sigue impulsado principalmente por China, esta divergencia trae consigo problemas para los mercados. La consecuencia es que las condiciones monetarias, impulsadas por una sólida economía estadounidense, se están tornando demasiado restrictivas para el conjunto de la economía mundial.
Por tanto, prevemos que la desaceleración mundial seguirá su curso. En ese contexto, la corrección de octubre viene a recordarnos que el umbral del dolor de los activos de riesgo con respecto a las condiciones monetarias generales ya se atisba en el horizonte y que la renta variable no está muy lejos de tocar techo. Los activos de riesgo deberían seguir sufriendo presiones en el primer semestre de 2019, mientras que la segunda mitad del año podría traer consigo cierta tregua para los inversores, puesto que las malas noticias pasarán a ser buenas: los factores favorables para la economía estadounidense deberían desaparecer debido a la intensificación de los riesgos externos, lo que permitirá a la Fed poner en pausa sus medidas de ajuste monetario.
Cuando las dos economías más importantes avanzan de forma desincronizada, el mundo tiene un problema
A medida que la economía global rebasa su punto máximo de crecimiento, dos características resultan clave en la actual fase de ralentización: en primer lugar, el equilibrio entre crecimiento e inflación continúa deteriorándose, lo que desemboca en una acumulación de obstáculos en el plano monetario. En segundo lugar, la desaceleración se está plasmando en una divergencia disruptiva, que describimos en nuestras «Perspectivas de otoño». Hoy en día, la economía estadounidense muestra una clara ventaja respecto al resto, mientras que China sigue ralentizándose (el crecimiento del tercer trimestre ha registrado su mínimo desde la crisis financiera). En sí mismo, un crecimiento más lento no supone una sentencia de muerte para el ciclo alcista de la renta variable siempre que las condiciones monetarias no se endurezcan demasiado. Naturalmente, el mercado se centra cada vez más en estas condiciones monetarias, dado que suele ser un ajuste excesivo de la Fed lo que normalmente provoca que algo se rompa en el ciclo.
Y es precisamente en este contexto donde la divergencia entre Estados Unidos y el resto del mundo es sinónimo de malas noticias para la economía mundial y los mercados financieros. El problema es que el crecimiento mundial depende en gran medida de China, puesto que la segunda economía del planeta sigue anotándose la mayor contribución a la expansión global. Entretanto, las condiciones monetarias mundiales se ven impulsadas principalmente por la Fed desde Washington, dado que el dólar estadounidense es la moneda de reserva a escala global. Esto no supone un problema mientras ambas economías estén sincronizadas. Pero cuando los ciclos empresariales en China y Estados Unidos se desincronizan, aparecen los problemas. Más concretamente, la solidez estadounidense y la debilidad china implican que las condiciones monetarias, derivadas de un deterioro del equilibrio entre crecimiento e inflación en Estados Unidos, se estén tornando demasiado restrictivas para el resto del mundo. Por tanto, el aumento de la divergencia trae consigo unas políticas monetarias restrictivas (en exceso) en forma de tres movimientos: Subida de tipos de interés en EE. UU. (gráfico inferior derecho), apreciación del USD y reducción del balance de la Fed. Actualmente, la institución está retirando liquidez a un ritmo de 50.000 millones de USD al mes, lo que equivale aproximadamente a la misma cantidad de inyecciones de liquidez que se realizaron durante el periodo de máximo apogeo del Quantitative Easing.