Antes de ponerse a establecer un impuesto tras otro, lo ideal sería «definir las necesidades del gasto público», como dice el presidente del Registro de Economistas Asesores Fiscales (REAF). Agustín Fernández cree que el primer paso es ponerse metas y objetivos y, después, asegurarse que el gasto es eficiente en todos los niveles.
«Se trata de evitar derroches, ineficiencias del sistemas y que los contribuyentes tengan la sensación de que su esfuerzo no se aprovecha», reflexiona Fernández. Es un punto de partida que se pone sobre la mesa para analizar cómo debe ser la reforma fiscal, como hace el Libro Blanco que solicitó el Ministerio de Hacienda a un grupo de expertos.
Reforma tributaria, pero no revolución
Entre esos expertos se encuentra Guillem López Casasnovas, catedrático de Economía de la Universidad Pompeu Fabra, que defiende que el papel del comité no consistía en proponer medidas nuevas. «No se nos pidieron medidas sobre lo que haría falta que hacer», subraya, a la vez que reconoce que hay problemas estructurales como el desempleo o la falta de inversión extranjera que no se analizaron desde el punto de vista de la acción fiscal.
Para López Casasnovas hay que tener claro que «quien estima cuáles son las debilidades actuales es el Gobierno», por lo que el grupo de expertos se limitó a analizar qué hay que mejorar en los impuestos actuales, a pesar de que las circunstancias actuales no invitan a aplicar esos cambios. «El Estado sabe que no es el momento de incrementar nada», dice.
De hecho, en el Libro Blanco se habla de eliminar las figuras de tipo reducido y superreducido para el IVA. La opinión de López Casasnovas es que ahora «hay que bajar el IVA» porque el Estado está recaudando más que antes, en proporción a las subidas de precio. En especial, describe que hay una situación «comprometida» en el ámbito de la electricidad. No obstante, cree que cuando se eliminen el IVA reducido y superreducido «habrá que compensar» a las rentas más bajas, que son «las que más sufren los impuestos indirectos».