Desde marzo de 2020, el Banco Central Europeo decidió que el sector bancario debía ser un puntal económico en medio del caos que creó la pandemia. En España, eso se tradujo en surtir de liquidez a las empresas como lo haría un grifo abierto, tras el pertinente análisis de riesgos y con un elevado porcentaje de los créditos avalados por el Estado.
Para que esa estrategia funcionara, Christine Lagarde, presidenta del BCE, recomendó a los bancos que no repartieran dividendos. Sus dos principales argumentos eran defensivos y expansivos. En primer lugar, la crisis podía ir peor de lo esperado, los créditos morosos se podían multiplicar y, llegado el caso, los bancos tendrían que hacer frente a esa situación con sus reservas. La otra razón es que el dinero no podía remunerar al accionista porque era más útil tenerlo disponible para regar la economía.
El caso es que este pasado viernes el BCE identificó que su recomendación ya no es necesaria, aunque esta ha ido cambiando con los meses. Por ello, se mantiene que los bancos no podrán remunerar a sus accionistas hasta finales de septiembre, pero sí después.
En la práctica, eso significa que los dividendos que no se hayan repartido hasta ahora pueden distribuirse durante el último trimestre del año. El organismo supervisor observa que hay un «repunte económico» y se reduce la incertidumbre, por lo que «las trayectorias de capital de las entidades» son más fiables.
Hasta ahora, la recomendación del BCE ha perjudicado al sector, según lo han repetido sus dirigentes desde que se impuso la norma. El propio presidente de la Asociación Española de Banca, José María Roldán, explicó hace unas semanas que la medida era «excesiva e innecesaria», en línea con lo que reclamaban todos los primeros espadas del resto de entidades.