Tras una crisis sanitaria mundial que interrumpió las cadenas de producción, la invasión de Ucrania por parte de Rusia (el primer conflicto transfronterizo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial) marca un importante punto de inflexión no sólo en sentido geopolítico, sino también desde una perspectiva económica y financiera. La incapacidad de Europa para sancionar eficazmente esta invasión demuestra dolorosamente su dependencia casi total de las importaciones de combustibles fósiles rusos; una dependencia que, situada en el contexto del "calentamiento global" y de la economía, aboga por una transición más rápida hacia una economía sostenible.
La cuestión clave de la inflación
Las guerras siempre son inflacionarias, especialmente afectando a uno de los principales productores de energía y de productos industriales y agrícolas del mundo. La subida generalizada de los precios en una serie de sectores económicos clave sirve para recordar, una vez más, que para garantizar la soberanía de Europa y evitar graves consecuencias para la economía, es necesario realizar una transición hacia fuentes de energía que no emitan CO2.
Antes de la guerra, el consenso apuntaba a que la inflación se moderaría en 2022 y empezaría a estabilizarse en 2023, en línea con el nivel medio de 2001-2008, es decir, un 1% por encima del periodo de baja inflación de 2008-2020. Ahora hay que sumar al menos un 1% a la tendencia, es decir, un 3% en la zona euro y un 4% en Estados Unidos. Pero, sea cual sea la orientación actual de la política monetaria, la realidad es que la inflación a medio plazo será previsiblemente más alta que en el pasado, tanto porque el declive de la globalización reduce el beneficio de las ventajas comparativas en el comercio internacional como porque la necesaria transición energética aumentará los costes de producción.
Se acelera la transición climática
En consonancia con los objetivos del Acuerdo de París, Europa solo puede alcanzar su independencia energética aumentando significativamente sus inversiones en energías bajas en carbono y mejorando su eficiencia energética. El escenario requiere un nivel de inversiones a la altura de las realizadas después de la Segunda Guerra Mundial.
El fortalecimiento del estado del bienestar y del "hacer todo lo que sea necesario" da una respuesta -aunque sea parcial- a la cuestión de la financiación de esta transición. Pero ¿qué pasa con la nueva realidad económica, es decir, los tipos reales negativos? En este entorno de mayor inflación, las políticas de tipos de interés cero adoptadas tras la crisis financiera mundial han dado lugar a un entorno de tipos de interés reales muy negativos y, dada la envergadura de las inversiones a realizar, los tipos de interés reales deberán mantenerse muy bajos para que los Estados puedan financiar estas inversiones.