La necesidad aflora en momentos de crisis. Sin embargo, hacer reformas profundas en esas situaciones se antoja difícil, sobre todo porque hay emergencias más acuciantes. Tampoco es fácil hacerlas en periodos de bonanza, pues una vez los malos tiempos quedan atrás, las cuestiones que en un tiempo parecieron urgentes acaban pereciendo en un lugar lejano en la memoria.
En 2017, Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, planteó la conveniencia de crear un ministro europeo de Economía y Finanzas. En el propósito de fortalecer la Unión Económica y Monetaria, un ministro debería conseguir reforzar la coordinación entre los distintos gobiernos, servir de apoyo y de puente para el Banco Central Europeo, supervisar los instrumentos presupuestarios, así como estructurar un presupuesto europeo.
La idea de Juncker no carece de buenas intenciones. Como parte de la Comisión Europea, rendiría cuentas ante el Parlamento Europeo, por lo que contaría con un control político más allá del de los intereses nacionales que impone el Consejo de Europa, incapaz de ponerse de acuerdo ni siquiera en los grandes problemas que conciernen al continente.
Desde el punto de vista de Javier Doz, del Comité Económico y Social Europeo (CESE), el ministro de finanzas “podría ser un instrumento” para reforzar el gobierno económico de Europa. Sin embargo, pone el foco en que tenga “capacidad de toma de decisiones y luego pase un control del Parlamento, y no de los gobiernos”. El Consejo, compuesto por los distintos jefes de gobierno, “es el órgano que paraliza todo”, comenta Doz.
No hay más que ver las dificultades que han surgido para consensuar los distintos nombramientos en los puestos de relevancia comunitarios. A pesar de que las familias políticas presentaron sus candidatos en las elecciones, las grandes potencias europeas jugaron su particular y larga partida de ajedrez para colocar sus propias figuras y saltarse el proceso democrático del ‘Spitzenkandidaten’.