“Aprendamos a vivir como los uruguayos: respetándonos y sonrientes», fue la frase que eligió el nuevo presidente de Argentina, Alberto Fernández, para terminar una entrevista televisiva en la segunda semana de su mandato. La mención a sus vecinos era una referencia a la presencia que marcaron (el 10 de diciembre, en su asunción) el presidente saliente de Uruguay Tabaré Vázquez y su sucesor, Luis Lacalle Pou.
El país que le toca gobernar ahora a Fernández no se caracteriza exactamente por ese tipo de convivencia afable entre sectores que piensan diferente. Más bien, se define por lo contrario, una enemistad flagrante entre los que están en uno y otro lado de lo que llaman “la grieta”, una inmensa e infranqueable hendidura metafórica que los argentinos dicen que surca a lo largo del territorio real y simbólico de su identidad.
Grieta y combustión social
Esa beligerancia es uno entre los distintos desafíos que enfrenta el nuevo mandatario para estabilizar a la república sudamericana, nuevamente gobernada por el peronismo, un movimiento cívico-místico-militar del siglo pasado que pervive a través de diversas mutaciones aunque generando igual grado de rechazo en un importante sector de la sociedad argentina. La tensión se agrava ahora por la reducida diferencia de votos con que esa doctrina llegó al poder esta vez, resultando en un tipo de polarización “a la Venezuela”, casi 50-50.
A semejante combustible social se le suma una situación económica frágil, con una serie de vencimientos de deuda cayendo en cascada, reservas limitadas, recesión, inflación en torno al 50%, pobreza del 40%, reposicionamiento de inversores internacionales y una prima de riesgo país que oscila alrededor de los 2000 puntos. Por si eso fuera poco, el expresidente boliviano Evo Morales, con orden de captura internacional por ser considerado “terrorista” por las autoridades provisorias de su país, se ha lanzado contra EEUU desde que se refugió en el país de Fernández.
A pesar de “problemático y febril” (caracterización del siglo XX formulada por el poeta argentino Enrique Discépolo en su tango Cambalache, de 1934), tal escenario no es inusual para los argentinos, dueños de una particular habilidad para crear, aproximadamente cada diez años, una encrucijada semejante. Una de las más trágicamente conocidas fue la de 2001, cuando un presidente socialdemócrata (Fernando de la Rúa) tuvo que huir en helicóptero de la casa Rosada debido al grado de inflamabilidad a que habían llegado los acontecimientos.