La cantidad de mensajes e imágenes que nos llegan a diario brindándonos ese tipo de felicidad hueca que se parece a una careta sobre el rostro o a una mueca dibujada en la cara es abrumadora. Es verdad que en tiempos difíciles hay que intentar sobreponerse y ser positivo, pero entre la auténtica mentalidad positiva y ese optimismo ñoño y hueco que nos circunda hay importantes diferencias.
Hay poco futuro en sonreír frente al espejo cada mañana afirmándonos -sin más- que todo saldrá bien, que las dificultades pasarán como pasan las nubes, o que hay que ser feliz y estar contento porque uno lo vale. El optimismo ñoño es ese tipo de felicidad artificial que sólo dura un segundo porque al segundo siguiente se ha olvidado ya. Se viste de frases poéticas supuestamente pronunciadas o escritas por algún prohombre, y se adorna con sobrecogedores y remotos paisajes captados al amanecer o al anochecer. El más extremo viene empaquetado con colores, lazos, diminutivos y una buena dosis de edulcorante encapsulado en metáforas de escaso valor literario. En este mundo contemporáneo de conferenciantes motivacionales, de estudios aparentemente científicos sobre la positividad, de coaching mal entendido y de, en el fondo, necesidad de pintar un futuro esperanzador, han proliferado desmesuradamente todo este tipo de mensajes de ánimo tan cándidos como vacíos. Por eso es bueno volver a reflexionar sobre qué es el optimismo en realidad, y por qué es importante en la vida de las personas.
El optimismo es una manera de ver la vida y se basa en lo que llamamos estilo explicativo, que es la manera en que buscamos las causas de lo que nos ocurre. Todos recordamos de nuestra época de estudiantes que cuando superábamos un examen decíamos que lo habíamos aprobado, pero cuando no era así decíamos que nos habían suspendido. Es decir, si el resultado era positivo era mérito nuestro, pero si era negativo era el profesor el artífice del desastre. Eso es un estilo explicativo.
La cuestión es que en el estilo explicativo pesimista las personas tienden a pensar que si les ha pasado algo malo es por una causa interna, estable, y global. Es decir, la causa de los acontecimientos negativos está en un déficit de su persona, que durará siempre y que afecta a todas las áreas de su vida. En el otro extremo están los optimistas, que piensan lo contrario, es decir, que lo malo que les ocurre obedece a causas que ellos pueden modificar.
Mucho más interesante es la consideración de los acontecimientos positivos, puesto que mientras los optimistas piensan que sus causas son permanentes, los pesimistas creen que son transitorias. De modo similar, los optimistas piensan que un éxito logrado en un área puede contribuir a triunfar también en otros, mientras que los pesimistas piensan lo contrario: si algo sale bien en un ámbito, eso es debido a factores específicos que de ningún modo se pueden aplicar a otras esferas.