Desde el pasado mes de marzo en el que estalló la pandemia global del COVID-19, gobierno, instituciones, y empresas han comenzado a ver la comunicación, no como una estrategia más para llegar a sus públicos, sino como un servicio esencial. Yo iría a más ya: la información sobre la crisis y su transmisión casi en tiempo real se ha convertido en un auténtico bien de primera necesidad para la ciudadanía que hay que cuidar y profesionalizar.
Que se haya entendido esta necesidad, y se haya aplicado dese el primer día no quiere decir, sin embargo, que durante estos meses la comunicación política y empresarial se haya realizado de la manera más efectiva y constructiva posible. Recordemos que comunicar, no significa sólo informar, comunicar es un proceso bidireccional dónde emisor y receptor se escuchan, entienden y comparten sus impresiones. Un proceso cuyo objetivo es hacer entender de manera sencilla la situación, fomentar la confianza con todas las partes, y desarrollar un entorno de credibilidad en el tiempo, sin miedos ni incertidumbres.
Si nos ceñimos a esta definición, podemos afirmar que la comunicación que se ha desarrollado durante los últimos meses de esta crisis no ha sido todo lo efectiva posible, de hecho, la gente en España sigue asustada y sin referencias seguras para seguir con su vida, su carrera y sus planes de futuro, a pesar de que el virus siga entre nosotros.
¿Qué está pasando entonces a nivel de comunicación de esta crisis que no está funcionando? En mi opinión 2 variables que podemos adaptar y cambiar:
Recibimos demasiada información, la mayoría negativa. Durante todo este tiempo se nos está ofreciendo información al peso, demasiada quizás, pero sin estrategia, ni control, poniendo foco la mayoría de las veces en los aspectos más negativos.