Los bancos centrales actuaron con firmeza en el momento en que la pandemia comenzaba a expandirse en Occidente. Hasta entonces, los inversores huyeron con pavor de las bolsas, a la vez que los negocios cerraron y acudieron a los bancos para solicitar créditos.
La actuación del Banco Central Europeo (BCE), así como la de la Reserva Federal, entre otros, las condiciones financieras se destensaron, aunque la necesidad de financiación fue en aumento. La consecuencia es que, por un lado, el crédito fluye mientras en las bolsas se recupera el apetito por el riesgo.
En ese contexto, el Fondo Monetario Internacional (FMI) deja constancia en una de sus últimas publicaciones de que los niveles de deuda están en aumento. Hay vulnerabilidades financieras preexistentes que hacen que el FMI advertir de posibles insolvencias que «podrían poner a prueba la resiliencia de los bancos en algunos países».
En particular, se hace notar que la preocupación reside en la desconexión entre la confianza de los consumidores y el de los inversores. Esta situación «hace dudar» de la sostenibilidad de la buena marcha que han tenido las bolsas en las últimas semanas, que en opinión del FMI es posible que haya tenido que ver con los estímulos de los bancos centrales más que con una recuperación real.
Dicho de otra forma, preocupa que sea una burbuja de inversión. Esto acarrearía el «riesgo de que los precios de los activos sufran una nueva corrección» si los inversores comienzan a echarse atrás, cosa que «pondría en peligro la recuperación». El razonamiento del FMI insiste en que el inevitable aumento de la deuda «podría tornarse inmanejable» si la la economía acaba cayendo más de lo previsto.