La inversión value consiste en comprar acciones que cotizan con bajas valoraciones, bajos múltiplos en relación a los beneficios, el valor contable o las ventas. Se basa en la premisa de que las acciones que cotizan con descuento deben ofrecer mayores rentabilidades esperadas que las acciones que cotizan con valoraciones más altas. Esto podría deberse a que las acciones baratas podrían tener un precio erróneo, los inversores podrían ser excesivamente pesimistas sobre las perspectivas de esas empresas, o podrían exigir mayores rendimientos previstos como compensación por el mayor riesgo percibido. Pero en cualquiera de los casos, existe esta expectativa de que la baja valoración debe ser predictiva de los rendimientos futuros.
Las acciones de valor han pasado por una etapa muy dura dependiendo del índice que se mire. Todas han estado prácticamente descartadas durante los últimos 10 o más años, y hay algunos factores que han contribuido a ello.
Primero, la diferencia de valoración entre las acciones de valor y las de crecimiento ha aumentado considerablemente en la última década. Las acciones value, por definición, cotizan con valoraciones más bajas que las acciones de crecimiento, pero esa brecha se ha ampliado en la última década, y esa es gran parte de la razón por la que las acciones de valor han tenido un rendimiento inferior.
El segundo motivo es el sesgo sectorial que es inherente a muchas estrategias de valor. Típicamente los índices orientados al value tienden a sobreponderar sectores como la energía y los servicios financieros, y esos han sido áreas particularmente desafiantes del mercado durante la última década, debido a la caída de los precios del petróleo y al complicado entorno de tipos de interés que hemos tenido. También tienden a infraponderar sectores de mayor rentabilidad como la tecnología y la salud, por lo que esos sesgos sectoriales han deprimido la rentabilidad.
