El Kindle es sin duda uno de los protagonistas por derecho propio del mundo digital. Dejando a un lado el improductivo dilema de si sustituirá en algún momento al libro de papel, o seguirá complementándolo, lo cierto es que es un artilugio conveniente. Sin embargo, su capacidad para hacer desaparecer toda una biblioteca en apenas unos milímetros a veces nos sigue provocando esa frustración tan característica de la vuelta de las vacaciones prepandémicas. Cuando uno cargaba el Kindle con todo tipo de novedades nórdicas, trilogías crepusculares y demás sombras en cincuentena, con la intención de ponerse al día con la literatura, al menos con la de sol y playa. Y al volver de allí mismo, deshaciendo el equipaje, uno encontraba su libro electrónico en el fondo de la maleta, exactamente en el mismo sitio donde comenzó el viaje. Y con la batería intacta.
En plena fiebre de las multicopistas ya decía Umberto Eco que haber fotocopiado las páginas de un libro traslada la falsa sensación de haberse hecho con el conocimiento que contienen. De la misma manera, haber descargado en un Kindle cualesquiera obras, por más inquietantes, vampíricas o salaces sean, no equivale a leerlas, mucho menos a disfrutarlas.
Es una gran verdad que vivimos una era en la que el desarrollo personal también se ha vuelto un objeto de consumo. Y por eso cuando nos notamos orondos o lentos lo que hacemos es comprar un bono anual para el gimnasio. O si alguien nos recomienda el mindfulness como forma de superar el estrés y mejorar nuestra productividad, lo primero que se nos ocurre es descargarnos una aplicación para meditar. Y si sentimos que tenemos que ponernos al día en cualquier tema bullente en la arena empresarial, pensamos enseguida en suscribirnos a un programa de formación en el que, tras un usuario y una contraseña, nos esperan silentes varios gigabites de información a nuestra entera disposición. En cómodos vídeos de pocos minutos, como antes se vendían las enciclopedias en cómodos plazos. Y para siempre. Por si puede que, debido a la impertinente procrastinación que todos padecemos, no logremos comenzar a verlos ni mañana ni en el mañana de mañana.
Muy poca gente que se matricula en un gimnasio consigue ir de manera regular más allá de unas pocas semanas. Por otro lado, la mera observación accidental sugiere que si todo el mundo que dice meditar lo hiciera, los ánimos en muchos sitios no estarían tan crispados como lo están. Respecto a la formación, quizá uno de los fenómenos más desapercibidos de la transformación de átomos en bits es la aparente evanescencia del esfuerzo en los entornos virtuales y sus consecuencias.
Al igual que la lectura, la formación no es algo que se compra, ni algo que se atesora, ni desde luego algo que ocurre con el mero visionado de un vídeo. Si así fuera, la ingente cantidad de terabytes de formación gratuita que desde hace ya más de una década existen en la red nos habrían hecho ya una sociedad más culta y más sabia. Sin embargo, información no es cultura, mucho menos sabiduría.