Desde hace meses, no hay un solo día en el que la inflación no ocupe los principales espacios de noticias.
En cierto modo, este fenómeno es consecuencia natural de los diferentes retos a los que venimos haciendo frente en los últimos años. Los efectos, sin embargo, no tienen precedentes, tanto para las familias que intentan sortear la subida de los gastos domésticos como para las empresas que afrontan la escasez y el alza del precio de la energía y los problemas de las cadenas de suministro. De hecho, los informes económicos señalan el freno de varios sectores industriales en Europa, afectados por la fuerte subida de los costes de producción. Solo en España, los datos de la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (Cepyme) apuntan que los gastos de este perfil de empresas crecieron un 24,4% en el segundo trimestre del año debido, sobre todo, al alza de los costes de los suministros (un 51,7%) y de la energía (se ha duplicado en un año).
En este contexto, quizá sorprenda si opino que no debemos entrar en pánico. Y es que, en muchos sentidos, esta crisis puede traer nuevas oportunidades para diferenciar los negocios, hacerlos más resistentes y seguir superando las expectativas de los clientes. La clave es verlo desde el prisma adecuado.
La preocupación por la situación que vivimos es, por supuesto, más que comprensible. La caída del poder adquisitivo de los hogares es un problema real y las empresas, que ven reducir su competitividad, afrontan la presión de tomar decisiones difíciles. Además, no habíamos asistido a un terremoto económico como este desde la crisis de 2008 o, incluso, desde la década de 1990. De hecho, durante un largo periodo los tipos de interés han sido excepcionalmente bajos y el entorno económico mundial, relativamente estable. Expertos como Gilles Moëc, economista jefe de AXA Investment Managers, han señalado que “después de la Gran Moderación de inicio de siglo y de la crisis financiera de 2008, que han mantenido la inflación muy baja por mucho tiempo, ahora tenemos la impresión de volver a los años 90”.
También sucede que muchos líderes empresariales y políticos se enfrentan por primera vez a una crisis tan compleja. Nunca antes habían tenido que afrontar situaciones tan críticas y toman consciencia de que necesitan redefinir sus estrategias y políticas. Mientras tanto, el resultado es una falta de confianza generalizada entre los directivos sobre la gestión de esta crisis de tanta envergadura.