Los responsables políticos europeos no son famosos precisamente por su lenguaje hiperbólico. Sin embargo, cuando la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyden, anunció el Acuerdo Verde de la UE, lo describió como «el momento europeo equivalente a la llegada del hombre a la Luna». Y puede que no exagerara. El tamaño de la inversión para hacer que Europa sea «más verde» y el primer continente neutral en carbono en 2050 es de un billón de euros. No es la primera vez que el continente toma la delantera para que el resto del mundo lo siga. Los responsables políticos de Europa han reconocido la necesidad de un cambio, y las empresas europeas han aceptado inmediatamente el reto.
Una breve mirada al pasado
Mirando al pasado, a la historia reciente, Alemania tomó la iniciativa al otorgar fuertes subvenciones a la industria solar cuando producía energía cara. De manera similar, numerosos países europeos implementaron programas para incentivar la energía eólica, esencialmente financiando de forma parcial las primeras inversiones. Un apoyo de esta naturaleza puede suponer riesgos. Las turbinas eólicas son un éxito europeo, pero, si bien la industria solar inicialmente brillaba en Europa, ahora es China la que destaca en este ámbito. No obstante, fue Europa la que dio esos primeros pasos esenciales. Independientemente del resultado, se preparó el escenario para la actual carrera tecnológica en la que el poder «verde» es poder económico. Es importante destacar que se ha alcanzado un punto de inflexión. La energía generada por el viento y el sol puede ser más barata que las tecnologías más tradicionales basadas en combustibles fósiles. El factor clave fue que Europa estaba preparada para invertir en esos sectores futuros antes que los demás. Del mismo modo, las fuertes inversiones previstas en el Acuerdo Verde parecen ser el comienzo de la siguiente etapa.
De cara al futuro
La generación de energía no es el único ejemplo. Europa ha reconocido los desafíos de las emisiones del transporte y los ha afrontado de forma directa, imponiendo algunas de las restricciones a las emisiones de carbono de los vehículos más estrictas del mundo. De hecho, los legisladores europeos exigieron que las emisiones de los fabricantes de automóviles cayeran un 27 % entre 2015 y 2020. Políticas como esta han sido un factor clave en el surgimiento de nuevos modelos de vehículos eléctricos que llegan a las carreteras. De manera tardía, pero importante, China y Estados Unidos están imitando al viejo continente. Sin embargo, aunque Tesla puede copar los titulares, es Noruega la que tiene la mayor penetración de vehículos eléctricos. Puede que en no mucho tiempo los mayores fabricantes de vehículos eléctricos sean europeos.
Al mismo tiempo, Europa cuenta con varias empresas líderes que permiten la transición energética para el transporte. Por ejemplo, el grupo alemán Infineon se ha labrado una posición de importancia mundial en el suministro de chips semiconductores. Estos chips son esenciales para controlar la potencia de los vehículos eléctricos y, con el aumento del número de chips en cada nuevo modelo de vehículo, cabe esperar un repunte sustancial de la demanda en el futuro. Es en ejemplos como este donde podemos descubrir ideas de inversión potencialmente excelentes. Si bien el principal factor impulsor es claro —el auge de los automóviles eléctricos—, los detalles son importantes. En el caso de Infineon, la empresa tiene una importante cuota de mercado. El contenido cada vez mayor de chips en los vehículos es, por tanto, una oportunidad potencial para la empresa. Además, los ciclos de los modelos de vehículos suelen tener una duración de varios años, por lo que, una vez que un fabricante ha incorporado el producto en un automóvil en particular, le resultará extremadamente difícil y arriesgado cambiar de proveedor.
El factor social en los factores ESG
Junto a estas oportunidades medioambientales más evidentes, las consideraciones sociales también son importantes, y Europa vuelve a situarse aquí en cabeza. La Europa empresarial puede ser una tierra de tradiciones e intereses familiares variados. Sin embargo, es la región que más ha hecho por reconocer el «mito del valor para los accionistas» y adoptar el enfoque del «capitalismo responsable». Centrarse en las partes interesadas (empleados y toda la cadena de suministro) tiene sentido desde el punto de vista empresarial. Con estudios que muestran que la mejora de la diversidad genera mayores rentabilidades, y que los avances tecnológicos erosionan los «fosos económicos», vale la pena mantener feliz a un buen empleado. Los ejemplos son abundantes: desde el trabajo de L’Oréal sobre la igualdad de género hasta el enfoque singular de Adyen hacia la creación de una cultura corporativa adecuada. Básicamente, las empresas europeas se han dado cuenta de que, para atraer y retener a los mejores empleados, necesitan proporcionar puestos de trabajo con un propósito y con amplias oportunidades.