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Durante los últimos años, la descentralización se ha convertido en una de las grandes promesas del management contemporáneo.
Organizaciones «más ágiles», «más autónomas», «más empoderadas». Equipos con capacidad de decidir, managers con margen de maniobra, estructuras menos jerárquicas. El relato es atractivo y, en teoría, coherente con un entorno volátil y complejo.
Sin embargo, en muchas empresas la descentralización existe más en el discurso que en la práctica. Se habla de empoderamiento mientras el control real sigue concentrado en los mismos niveles de siempre. Es lo que los expertos llaman la falsa descentralización: un modelo organizativo que delega responsabilidades, pero no poder.
Responsabilidad sin autoridad
Uno de los síntomas más claros de esta falsa descentralización es la asimetría entre responsabilidad y autoridad.

Managers y equipos reciben objetivos ambiciosos, se les exige velocidad y resultados, pero las decisiones clave continúan centralizadas: presupuestos, prioridades estratégicas, contratación, precios o inversiones.



