Desde antes de su nacimiento, los fondos de recuperación europeos están siendo una fuente inagotable de controversia política. Se discutió en su concepción, se discute por su reparto y, con toda seguridad, se discutirá en el futuro a la hora de analizar los resultados.
Pero en estas disquisiciones no se está hablando lo suficiente sobre dos factores que, con respecto a los fondos, son verdades absolutas. El primero es que estos fondos no son un regalo caído del cielo, sino un dinero que habrá que devolver en su totalidad. El segundo, que por encima de todo, un objetivo principal del plan de recuperación debe ser la digitalización de la economía. Este tiene que ser un pilar básico, ya que directa o indirectamente, afecta al desarrollo de otros, como pueden ser la transición ecológica o la cohesión social.
Los fondos de recuperación no son más que una fuente de financiación. Provienen de la emisión de deuda pública europea, por lo que tarde o temprano, los países miembros deberán afrontar esa deuda, y sin duda considerarán el camino directo de incrementar la presión fiscal. En casos como España, con una población envejecida; con un tejido productivo más bien débil en comparación con el de otros socios europeos; con una clara falta de liderazgo tecnológico, y con una deuda pública que ronda el 120% del PIB, alcanzar la capacidad financiera necesaria para devolver la parte de los fondos que corresponda, puede llegar a suponer un reto considerable.
El destino de estos fondos entraña una gran responsabilidad. Si España no fuera capaz de utilizarlos para mejorar su posición competitiva en Europa, se estaría hipotecando el futuro de las dos próximas generaciones. Por ello, el control sobre dónde van y sobre la rentabilidad que se va a obtener de ellos debería ser lo más estricto posible.
El problema es que la Unión Europea no parece muy dispuesta a esforzarse en vigilar el uso que se hace de este dinero, puesto que una mejora competitiva de España puede suponer una pérdida de competitividad relativa para otros intereses europeos. Al fin y al cabo, para la Unión Europea los fondos son una fórmula para lograr que la rueda siga girando, para seguir permitiendo que unos países produzcan y otros consuman lo producido. Es en este contexto comercial, en el que hay países líderes y países seguidores, donde debemos enmarcar los fondos europeos. A largo plazo, unos presentarán una balanza exportadora positiva y otros, básicamente, seguirán siendo consumidores de bienes y servicios. En el uso de los fondos puede estar la clave sobre en cuál de los dos lados de la balanza queremos estar en el futuro.