Una de las consecuencias de la guerra comercial entre Estados Unidos y China está en los aranceles a los productos que procedan del país asiático. Y muchos de ellos son precisamente productos de empresas estadounidenses que producen en China. Y lo hacen, porque afirman, que tanto el proceso de producción como el precio final del producto es más económico. Trump les ha pedido en innumerables ocasiones, casi amenazándoles, que deben trasladar sus plantas a Estados Unidos para crear más empleo en el país.
El último movimiento del presidente Trump al respecto ha sido sobre el Focus Active de Ford fabricado en China. En un tweet Trump escribió que «Ford ha matado abruptamente un plan para vender un vehículo pequeño hecho en China en los Estados Unidos debido a la perspectiva de aranceles más altos en los Estados Unidos. ¡Este automóvil ahora se puede construir en Estados Unidos y Ford no pagará aranceles!», escribía Donald Trump.
Pero Ford Motor Co. le respondió rápida y firmemente dejando claro que no va a mover la producción de este vehículo a Estados Unidos. «No sería rentable construir el Focus Active en Estados Unidos dado un volumen de ventas anual esperado de menos de 50.000 unidades», dijeron directivos de Ford en un comunicado. «Ford se enorgullece de emplear a más trabajadores por hora de EE. UU. y construir más vehículos en EE. UU. que cualquier otro fabricante de automóviles», continuaba el documento publicado por la compañía automovilística.
De hecho, el 31 de agosto, Ford canceló los planes para importar Focus Active que se fabricaron en China debido a los altos costos arancelarios. Pero eso solo significaba que el automóvil no se venderá en los Estados Unidos. Estos coches se continuarán vendiendo en otras partes del mundo.
«Esta es una prueba más de que ni el presidente ni sus representantes comerciales tienen idea de las complejidades de las cadenas de suministro globales», decía al periódico Detroit Free Press Jon Gabrielsen, economista especializado en la industria automotriz.