En un contexto en el que la crisis actual ha venido a recordarnos lo democrático y homogéneo del comportamiento de la mayoría de los activos, los gestores echan mano de todas las opciones posibles para incluir algún activo descorrelacionador en cartera. Y ante esa necesidad surgen ideas como comenzar a introducir bonos catástrofe, siempre, eso sí, en una proporción adecuada, dado que se trata de un activo muy nicho. ¿En qué consisten los CAT bonds?
Bonos catástrofe
Se trata de bonos cuya rentabilidad no está ligada a la evolución de los tipos de interés o a la solvencia de las compañías, sino a que no se produzcan catástrofes naturales. Los emiten las aseguradoras, que pagan a los inversores un cupón, a condición de que un fenómeno natural concreto, como un huracán o un terremoto no se llegue a producir. Si no es así y ese acontecimiento tiene lugar antes del vencimiento del bono, la compañía podrá quedarse con el principal para pagar a los asegurados. “Es una clase de activo que lo que hace es cambiar el papel que solemos tomar de personas aseguradas -contratamos un seguro para nuestra vivienda o coche- a tomar un papel de asegurador de catástrofes naturales”, explica Javier Riaño, de Diaphanum.
Es una clase de activo poco conocida para el inversor final, surgida a finales de los años 90 y que, hasta no hace mucho, ha estado restringida simplemente al institucional. Sin embargo, son bonos que a juicio de Riaño pueden tener sentido en cartera, en una proporción del entorno del 4% para un perfil de inversor equilibrado. Por varias razones.
Rendimiento interesante