La inversión socialmente responsable, también conocida como inversión bajo los criterios Ambientales, Sociales y de Gobierno corporativo (ASG) es mucho más amplia de lo que puede parecer a simple vista. Además, lo es en muchos sentidos. Las temáticas dentro de este estilo de inversión son amplias, pero también lo son las estrategias empleadas para llevarla a cabo y los activos que se pueden emplear para desarrollarla. Se puede invertir en renta fija, en renta variable o en private equity, entre otras cosas. De la misma manera, para hacerlo se pueden utilizar estrategias de exclusión, de ‘best in class’ o de impacto, principalmente. Pero, dentro de todas ellas, la más complicada de llevar a cabo, y al mismo tiempo la que tiene una mayor repercusión en la mejora medioambiental, social y laboral, es la inversión de impacto.
Se entiende como inversión de impacto aquella que es medible y cuyo impacto puede ser cuantificado. “Significa la construcción de un proyecto de inversión sobre la base de una problemática social, un fallo de mercado, que el capital del fondo va a contribuir a solucionar de una forma directa, medible y reportable a inversores con cada empresa invertida”, comenta Pedro Goizueta de la gestora Global Social Impact. Por tanto, entre las características clave del concepto de inversión de impacto está la noción de intencionalidad y adicionalidad. “Una solución de inversión de impacto debe mostrar, por adelantado, su intención de crear un impacto positivo medible. En nuestra opinión, esta noción es relevante en cualquier contexto en el que opere la inversión de impacto (mercados públicos o no públicos)”, señala Laura Donzella, responsable de Clientes Institucionales e Intermediarios para la península ibérica, Latinoamérica y Asia, Nordea Asset Management.
Las diferencias con la inversión sostenible generalista
Con la definición dada se pueden intuir las grandes diferencias que tiene con la inversión sostenible más general. “La inversión de impacto llega al mayor grado de exigencia dentro del espectro posible de inversión responsable”, asegura Alicia García Santos, responsable de M&G para España, Portugal y Andorra. La experta asegura que esta estrategia va más allá de la simple exclusión de sectores o compañías e incluso es un estilo más profundo que la inversión en compañías que integran los criterios ASG. “Cuando hablamos de inversión de impacto, nos referimos a invertir en compañías que ya están generando y persiguen de forma explícita un impacto positivo neto para la sociedad, abordando retos medioambientales o sociales. De este modo, se persigue un doble objetivo: generar un impacto positivo, medible y sustancial en la sociedad y obtener una rentabilidad financiera”, añade García Santos.
Desde Amundi destacan que la inversión de impacto se diferencia por tres factores principales: la intencionalidad, la adicionalidad y la mensurabilidad. Es decir, cuando un inversor invierte en impacto sabe de antemano a qué proyecto va a ir destinado su dinero y qué repercusión va a generar a nivel medioambiental o social. A diferencia a la inversión sostenible más general que se centra en aquellas empresas que integran los criterios ASG en su actividad, pero no se focalizan en un proyecto en concreto.