Hace unos días visité las oficinas de una empresa cuyos sistemas de ciberseguridad son sofisticados y complejos, hasta tal punto que pueden ser considerados difíciles de hackear. Sin embargo, a raíz del nuevo régimen de teletrabajo adoptado durante la pandemia del COVID-19, muchos de sus trabajadores han pasado, de realizar sus funciones en un entorno digitalmente seguro, a trabajar desde sus casas.
Es algo ya habitual comprobar cómo aquellos empleados que pueden realizar sus funciones a distancia se conectan en remoto a sus empresas y a sus bases de datos de clientes y proveedores. Esta actividad virtual cobra todavía más relevancia cuando el acceso a los datos se realiza por parte de los principales responsables de las organizaciones, ya que por lo general utilizan información más crítica y sensible para el desarrollo del negocio. Sin embargo, ¿se está manteniendo el mismo riguroso nivel de ciberseguridad que estaba afianzado en las instalaciones físicas de las compañías? ¿Son conscientes los directivos que el máximo nivel de seguridad tendría que viajar con ellos para iniciar una sesión fiable de teletrabajo desde sus hogares?
Puede que el cambio crítico, masivo, urgente y sin precedentes que han tenido que asumir las organizaciones para hacer viable el teletrabajo en tiempo record no haya dejado un momento libre para esta simple reflexión. Pero mientras tanto los ciberataques se han incrementado en un 600% gracias a que, entre otros factores de riesgo, las redes domésticas son más susceptibles que las empresariales de ser asaltadas con fines ilícitos. Los ciberatacantes conocen bien esta vulnerabilidad, lo que les aporta una oportunidad idónea para poner en práctica sus actividades delictivas.
Además, en cualquier ámbito doméstico siguen aumentando los accesos digitales de entrada a las redes: tarjetas WiFi para gestionar el aire acondicionado, cámaras IP para vigilar la casa ante posibles ausencias del domicilio, ordenadores personales utilizados para disfrutar videojuegos masivos en Internet, tablets para poder estudiar y aprender igualmente en remoto… Cada dispositivo con sus propios riesgos de conexión y sus diversos niveles de seguridad, pendientes de ser vulnerados.
Cada día se producen unos 4.000 ataques de ransomware en todo el mundo según el FBI, con un coste anual estimado de 1.000 millones de dólares para las organizaciones que pagan por rescatar sus datos. Si se suman el resto de ciber-delitos, el ciber-crimen constituye una de las mayores industrias del mundo, con una facturación anual superior al PIB de España.