Las expectativas de crecimiento para Europa no se han cumplido. En el último bienio, la economía de la región ha registrado un «avance» sólido impulsado por el dinamismo del consumo apoyado por los altos niveles de empleo y los salarios, ésta se expandió a un ritmo menor al previsto inicialmente. Y se espera que así continúe al menos hasta 2020. El pronóstico es que este año la región se ralentizará en casi medio punto porcentual, hasta el 2,3%, para cerrar la década en el 1,9%.


La causa de esta moderación radica en un entorno menos favorable para la expansión económica. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI) varias son las tendencias que obstaculizan dicho crecimiento. La caída en la demanda externa -sobre todo de bienes-, así como una reducción de los ingresos fruto de la caída del precio del petróleo en un escenario lleno de restricciones de la capacidad de producción y la escasez de mano de obra son la receta que ha contribuido a esta moderación.
En este sentido, la institución enfatiza en el aumento del precio de las materias primas, que se han disparado hasta un 7% en el segundo trimestre de 2018, al tiempo que el petróleo ha subido hasta alcanzar los 80 dólares el precio del barril. El resultado ha sido una caída promedio de 0,5 puntos porcentuales de PIB en la mayor parte de los países emergentes de Europa, con una correspondiente subida de la inflación. Solamente Noruega y Rusia se han beneficiado de esta situación.
