En los últimos meses, se ha popularizado un término con el que la mayoría de la población ya se encuentra familiarizado: La Gran Renuncia. Si bien al principio se hablaba de sus consecuencias en el extranjero –sobre todo en Estados Unidos, donde 47,8 millones de trabajadores dejaron su empleo de forma voluntaria el año pasado, según el Departamento de Trabajo del país norteamericano –, sus efectos se han intensificado en España a raíz de la pandemia.
La particularidad de este fenómeno está en que muchos de los trabajadores que deciden dimitir lo hacen sin una alternativa a la vista. Es decir, la búsqueda de la mejora de las condiciones laborales no es lo que detona la salida de la empresa. Entre las causas más habituales, se encuentran la consecución de metas personales, el cansancio, perseguir un objetivo más acorde con los ideales o pasar más tiempo con las personas queridas.
Este fenómeno se da indistintamente de la clase social a la que pertenece el individuo –afecta desde altos ejecutivos a trabajadores poco cualificados– pero se manifiesta con más intensidad entre las generaciones jóvenes –los Millenials y la Generación Z, al no tener cargas familiares, disponen de mayor libertad para dimitir–.
Dejando La Gran Renuncia a un lado, en nuestro país, las motivaciones para abandonar el puesto de trabajo siguen siendo, principalmente, socioeconómicas: condiciones laborales, conciliación o movilidad familiar siguen siendo los mayores alicientes para comenzar la búsqueda de un nuevo puesto de trabajo. Aun así, esta nueva tendencia fomenta la alta rotación, que se ve desde los puestos dirigentes como una amenaza para poder retener talento en las empresas y atraer nuevos candidatos.
Causas de la Gran Renuncia
Para poder hacer frente a La Gran Renuncia, las empresas deben identificar las causas, entender para conocer el por qué de las desmotivaciones de sus empleados y desarrollar planes para evitar la marcha de los mismos.