En un mundo tan digitalizado como el actual, donde cada “clic” o “scroll” nos sumerge en una corriente inagotable de información sobre los demás, tener una marca personal cuidada se ha convertido en algo esencial, tanto a nivel personal como profesional. Y es que ya no es suficiente con preocuparte de que “los tuyos” te conozcan bien y tengan una imagen de ti acorde con lo que realmente eres. Eso podía ser suficiente antes. Hoy, la marca personal trasciende la esfera de tus familiares y amigos para tener una repercusión potencialmente global y eminentemente digital.
Con el surgimiento y auge de las redes sociales, nuestra marca personal se expande más allá del rastro que podemos dejar en las reuniones o encuentros presenciales de nuestro día a día. Nuestro perfil de LinkedIn, nuestros tweets, nuestras publicaciones en Instagram y nuestros blogs son extensiones de nosotros mismos y, por tanto, forman ya parte de lo que somos para los demás.
Pero, ¿qué es exactamente la marca personal? Pues es la huella que dejas y la que te distingue del resto. Es la confianza (o desconfianza) que inspiramos. La suma total de nuestras acciones, valores y reputación. La amalgama de lo que decimos, cómo lo decimos y, lo más importante, cómo lo vivimos.
No importa si eres emprendedor, profesional independiente o empleado de una gran corporación: todos tenemos una marca personal. La pregunta que debemos hacernos hoy es si estamos siendo conscientes y proactivos en su construcción.
Me temo que la inmensa mayoría, no. Porque, lamentablemente, seguimos viendo los entornos virtuales y las redes sociales como escenarios de segunda. Lugares donde volcar nuestra vanidad en forma de vacaciones disfrutadas o merecidos ascensos. Espacios de recreo para adultos. Inocuos y mayormente improductivos.
