El mayor intercambiador de activos digitales canadiense, Quadriga CX, tiene un problema de 145 millones de dólares sin una aparente solución. El CEO y fundador de la compañía, Gerald Cotten, de 30 años, ha sido encontrado muerto, y nadie conoce sus contraseñas para entrar en el sistema de la empresa y desbolquear los Bitcoin y otros activos digitales. Muchos de sus clientes creen que Quadriga CX les ha estafado.
Gerald Cotten falleció hace un mes por complicaciones derivadas de la enfermedad de Crohn mientras viajaba por la India. Él era el único que tenía acceso a las llamadas “billeteras frías”, que almacenan las claves para enviar y recibir criptomonedas y que se usan como una forma de proteger las monedas electrónicas de los piratas informáticos. Ahí es donde estaba la mayoría del dinero en Bitcoin, Litecoin, Ether y otros tokens digitales de sus clientes. Así lo afirman documentos judiciales presentados Nueva Escocia (Canadá) y publicados por la web de noticias de criptomonedas ‘CoinDesk’.
Al parecer, Cotten siempre fue consciente de la importancia de la seguridad y su ordenador portátil, y las direcciones de correo electrónico y el sistema de mensajería que usaba para administrar el negocio, durante los 5 años que la compañía lleva en funcionamiento, estaban encriptados.
Los expertos opinan que las medidas de seguridad de Gerald Cotten son comprensibles. Los hackers han robado cientos de millones de dólares en monedas digitales en los últimos años. Tan solo el año pasado los intercambios de divisas virtuales sufrieron al menos cinco ataques importantes. Japón, lugar donde se encuentran algunos de los intercambios de activos digitales más importantes del mundo, ha sufrido dos de los hackeos más grandes de criptomonedas. El espectacular auge y caída de los precios de Bitcoin y otras criptomonedas, ha presentado un dilema para los gobiernos de todo el mundo, que han adoptado diferentes enfoques al tratar de regular su uso.
En una declaración jurada la viuda de Cotten, Jennifer Robertson, afirmaba que el ordenador de su marido está encriptado. “No sé la contraseña o la clave de recuperación”, afirmó. “A pesar de las repetidas búsquedas tampoco he podido encontrarlas escritas en ninguna parte”, sentenciaba Robertson.