El comienzo del ejercicio en los mercados emergentes ha sido de los que marcan una cartera para bien. Después de que 2018 fuera un año realmente complicado, de nuevo estas regiones han generado atractivo desde el punto de vista de la inversión. La incertidumbre del año 2018 ante la reducción de la liquidez internacional, la excepcionalidad estadounidense y las salidas de capitales parece ahora que ha quedado atrás. Al menos.
Sin lugar a dudas, la coyuntura externa se ha vuelto más favorable para los mercados emergente, tal y como explican desde Fidelity. En un contexto marcado por la ralentización de las previsiones de crecimiento, tanto dentro como fuera de sus fronteras, la Reserva Federal de EE.UU. se ha apresurado a cambiar de discurso a pesar de las tensiones del mercado laboral y las presiones salariales al alza. Al reconocer la posibilidad de que los tipos de interés podrían permanecer estables en el futuro inmediato, «apuntando al mismo tiempo a una ralentización del adelgazamiento de su balance, la Fed ha dado luz verde a la tolerancia al riesgo».
Mucho se ha hablad sobre los riesgos de recesión en EE.UU. a la vista de las dinámicas típicas de final de ciclo, como son el endeudamiento empresarial elevado y la curva de tipos plana. Para los mercados emergentes, según estos expertos, la clave es «ahora si la Fed puede guiar el vuelo de la economía hacia un aterrizaje ideal que la aproxime al crecimiento tendencial: ni demasiado ni demasiado poco».
La rebaja de las expectativas de crecimiento de EE.UU. y la consiguiente revisión a la baja de la trayectoria prevista de los fondos de la Fed ha perjudicado al dólar frente a las monedas emergentes, que siguen recuperándose de sus mínimos de 2018 después de vivir su particular calvario el pasado mes de septiembre. El billete verde, lastrado ya por el doble déficit mientras cotiza en máximos históricos ponderado por intercambios comerciales, parece cada vez más vulnerable.
El ejemplo del 2016