La comunicación es una de las actividades más importantes y complejas de los seres humanos. A través de ella, expresamos nuestras ideas, sentimientos, opiniones y valores; y también recibimos, procesamos e interpretamos la información que nos llega de otras fuentes. La comunicación nos permite construir nuestra identidad, relacionarnos con los demás, aprender, crear y transformar el mundo.
Sin embargo, la comunicación también puede ser un arma de doble filo, especialmente en la era digital, donde la cantidad, la velocidad y la diversidad de los contenidos que circulan por Internet y las redes sociales es abrumadora. ¿Cómo podemos asegurarnos de que la información que consumimos y compartimos es veraz, relevante y plural? ¿Cómo podemos evitar caer en la trampa de las denominadas “cámaras de eco”?
Hace un par de meses, en esta misma tribuna, hablábamos de los filtros burbuja y de las consecuencias que podía tener en la calidad de la información que recibíamos. Los filtros burbuja y las cámaras de eco son dos conceptos relacionados, pero no idénticos. Los primeros son el resultado de los algoritmos que utilizan las plataformas digitales para personalizar el contenido que nos muestran, basándose en nuestros datos personales, nuestro historial de navegación, nuestras interacciones y nuestros gustos. Estos algoritmos nos ofrecen información que se ajusta a nuestro perfil y que supuestamente nos interesa, pero al mismo tiempo nos ocultan o dificultan el acceso a información que no coincide con nuestro perfil o que podría desafiar nuestras opiniones.
Las cámaras de eco, sin embargo, son el resultado de nuestra propia selección de la información que buscamos y consumimos tanto en Internet como en las redes sociales. Es decir, que vivir dentro o fuera de ellas es algo que depende estrictamente de nosotros mismos. El problema de las cámaras de eco es que generan un aislamiento intelectual frente a los puntos de vista contrarios, una mayor polarización de la sociedad y una pérdida de la capacidad de diálogo y debate. Las cámaras de eco nos hacen creer que nuestra visión del mundo es la única válida y universalmente aceptada. Nos impiden cuestionar, reflexionar y aprender de otras perspectivas. Nos hacen más vulnerables a la desinformación, a las noticias falsas y a los bulos que circulan por Internet y las redes sociales.