Inmuebles, metales preciosos, start-ups, préstamos, arte, vino o criptomonedas son algunas de las inversiones alternativas más comunes en la actualidad. Su uso funciona de forma paralela a las tradicionales acciones, bonos y depósitos bancarios, pero encuentran su razón de ser en la posibilidad que ofrecen a las personas de buscar otras vías que les proporcionen una rentabilidad adicional. Esta clasificación todavía no cuenta con el mismo volumen que en otros países de nuestro entorno. A pesar de esto, “en la última década ha habido un aumento provocado por la bajada de los tipos de interés”, señala Eloi Noya, profesor de capital markets, fintech y entrepreneurial finance en ESADE, al tiempo que menciona dos de las ventajas principales que ofrecen: la diversificación de la cartera y su protección frente a la incertidumbre del mercado.
A la hora de analizarlas es complicado encontrar un punto en común. Por ello, el experto diferencia entre aquellas entendidas como “refugio”, tales como los inmuebles o el oro, en el sentido de que son una buena defensa ante altas volatilidades de los mercados, frente a las consideradas como “agresivas”. En este segundo conjunto se agruparían otras como las criptomonedas o el crowdfunding de start-ups, debido a que ofrecen mayor rentabilidad, aunque “sus caídas también pueden ser muy notables”.
Algunos analistas aconsejan que la asignación ideal en activos alternativos debe agrupar entre un 7% y un 12% como máximo del capital total de una persona, cediendo la mayor parte a activos de bolsa y bonos, en torno a un 70%. Para entender este porcentaje, Noya explica a DIRIGENTES que podría extenderse, incluso, hasta un 20%, en función de las características de cada patrimonio. Es decir, cuanto más grande sea este, el porcentaje también puede ser mayor.
Poniendo el foco en la obtención de una cartera diversificada, “siempre es un buen momento para invertir”. No obstante, aquí también entra en juego la importancia de tener en cuenta los “riesgos y rentabilidades” de cada una de ellas, debido a su carácter heterogéneo. En este contexto y ante la dificultad que tradicionalmente los pequeños patrimonios han encontrado para acceder a este tipo de inversiones, las fintechs se erigen como una vía democratizadora que abre la puerta a un escenario antes solo reservado a los grandes ahorradores.
La cartera inmobiliaria, entendida como la más habitual dentro de estas alternativas, presenta una doble utilidad. Por una parte, puede ser el hogar donde vivir y, también, una inversión al poder ampliarla con el fin de rentabilizarla. Aquí las fintechs aparecen, por ejemplo, a través de las plataformas de crowdfunding, al permitir acceder con importes muy bajos en una alta diversidad de proyectos. Muchos de ellos comienzan con una aportación de 500 euros, por lo que esta actividad, habitualmente reservada a grandes patrimonios ofrece varias opciones. Entre ellas sobresale la financiación de obra nueva, a través de un préstamo que será devuelto con intereses una vez que se consiga comercializar, o la compra de un inmueble para su reforma y posterior alquiler o venta, con la que se consigue una revalorización.