Todas las crisis económicas replantean el paradigma económico, con la consiguiente modificación de los modelos de producción vigentes en ese momento. Basta con echar la vista doce años atrás, cuando se produjo el estallido de la crisis financiera global, y analizar cómo ha cambiado la manera de consumir. Si bien compañías como Netflix, Amazon o en el caso de España, Idealista, existían mucho antes, su crecimiento exponencial no se produjo hasta hace un par de años. Y, a raíz de ellas, un largo elenco como puede ser Glovo, Cabify o Airbnb que han dado lugar a nuevos modelos de consumo. En muy poco tiempo, conceptos como economía colaborativa, teléfono inteligente o comercio electrónico han configurado un nuevo mapa en el ecosistema empresarial.
Del mismo modo que un pesimista ve el vaso medio vacío y el optimista medio lleno, detrás de todas ellas se esconde un líder que supo vislumbrar y anticiparse a los cambios que se producían en el mundo. La innovación unida al objetivo de satisfacer una demanda que no estaba cubierta fue lo que condujo a sus dirigentes a desarrollar una start-up. Traducido al castellano como empresa emergente, se trata de compañías de reciente creación o muy jóvenes que emplean la tecnología por bandera y presentan un gran potencial de “crecimiento y escalabilidad”.
Llegados a este punto, la cuestión radica en por qué han adquirido tanta importancia en el ámbito corporativo. Según recoge Santalucía Impulsa, el programa de innovación abierta del grupo asegurador que lleva su nombre, la respuesta reside en la capacidad de las start-ups para “transformar el entorno y resolver problemas complejos”. Es decir, con las herramientas disponibles en el ámbito tecnológico como, por ejemplo, la inteligencia artificial o el Internet de las Cosas (IoT) son capaces de desarrollar “nuevas propuestas de valor ligadas a una idea de negocio”, además de producir “cambios disruptivos” y reinventar el sector en el que operan. Otra de las razones de su relevancia radica en el impulso de nuevos modelos de negocio, por su capacidad para “aportar soluciones innovadoras” y estar al corriente de las tendencias de mercado. Al ser la tecnología un componente inherente a su condición, suponen un impulso para la transformación digital de las empresas, por lo que no es casual el interés que despiertan entre las grandes corporaciones.
En todos los sectores han proliferado empresas de este tipo guiadas por la misión de cubrir una necesidad y mejorar los procesos existentes, incluso con nombres propios. Es, por ejemplo, el caso del ámbito legal, que se acuñan bajo el acrónimo legaltech, las finanzas (fintech) o la educación (edtech). Aunque cabe destacar que no en todas las áreas se ha alcanzado el mismo grado de madurez. Según la cuarta edición del informe Startup Ecosystem Overview 2019, elaborado por Mobile World Capital de Barcelona, a finales de 2018 se contabilizaban 4.115 start-ups en España. De esta cantidad, Madrid y la ciudad condal concentran el grueso con 1.235 y 1.197 compañías emergentes respectivamente, lo que les sitúa entre los diez principales hubs europeos por número de empresas de este tipo. En concreto, en la quinta y sexta posición. Lo llamativo de ese estudio fue que, por primera vez, se superó la barrera de los mil millones de euros de inversión (1.300 millones), con las dos ciudades anteriormente citadas como principales protagonistas.
Dos ejercicios después y con una pandemia de por medio, la economía mundial se ha visto alterada y, con ella, el crecimiento de las start-ups. Los datos recabados por la Fundación Innovación Bankinter arrojan que la inversión en start-ups se reactivó en el segundo trimestre de 2020 con el número de operaciones marcando “récord” de los dos últimos años y una “clara tendencia desde marzo”, pero un menor volumen de inversión captado. En este sentido, la cantidad ha aumentado un 10,2% entre abril y junio en términos intertrimestrales, pero cae más de un 44,4% con respecto al mismo periodo del año anterior. De las 74 operaciones producidas en el segundo trimestre del año, ninguna de ellas ha sido superior a los 50 millones de euros. Cabe destacar que en las mismas fechas del año pasado Glovo llevó a cabo una ronda de financiación de 150 millones. Con todo ello, los 220 millones captados “no se alejan mucho” de la media del importe obtenido desde 2018 (257 millones).