El panorama económico actual no es muy alentador y las perspectivas de recuperación se avistan en un horizonte lejano. La acumulación de deudas y la insolvencia son algunas de las principales consecuencias que la crisis sanitaria ha ocasionado a los ciudadanos y al tejido empresarial. Por este motivo, las empresas buscan alternativas para solventar sus problemas financieros. Es por ello que cada vez más personas se acogen a mecanismos como la Ley de Segunda Oportunidad.
Este procedimiento legal está destinado a aquellos ciudadanos y autónomos que estén pasando por un mal momento a nivel económico por diversos motivos (enfermedad, una previsión mal hecha o como está siendo el caso actual, por una pandemia). Tiene el objetivo de ayudarles a solventar estas dificultades mediante diversos procedimientos (negociación de las deudas con los acreedores o exoneración de los pagos son algunas de las principales opciones que ofrece esta ley).
Como su propio nombre indica, esta regulación busca dar una segunda oportunidad y rehacer su vida a nivel económico. Además, en el Boletín Oficial del Estado (BOE) se señala que «los mecanismos de segunda oportunidad son desincentivadores de la economía sumergida y favorecedores de una cultura empresarial que siempre redundará en beneficio del empleo». Este instrumento jurídico está regulado por la Ley 25/2015, de 28 de julio, y desde el mes de junio de 2019, también permite incorporar las deudas públicas, por ejemplo, aquellas contraídas con Hacienda o la Seguridad Social, que hasta entonces no estaba reconocidos.
Pese a que en otros países del Viejo Continente esta ley se viene aplicando con éxito, su nivel de conocimiento en España es ínfimo. Aquí se hacen al año menos del 10% de los casos que se llevan a cabo de media en el resto de países europeos, según indican desde la consultora legal Fidelitis. Es más, el presidente de este grupo, Lorenzo Pérez, en una entrevista con DIRIGENTES ha expresado que «España está a la cola de toda Europa, por no decir de todo el primer mundo», a lo que añade que «en Europa se acoge un porcentaje que, como mínimo, es el doble que en España». Pone de ejemplo países como Alemania, Francia o Bélgica, donde existen leyes análogas y en los que el porcentaje de personas que apelan a ella es altísimo.
