Los precios se disparan en España y en el resto del mundo. Los bancos centrales observan expectantes cómo se encarecen los productos y se plantean cambios en sus políticas expansivas ante el riesgo de que esta inflación sea menos transitoria de lo esperado, como explicaba hace unas jornadas el vicepresidente del Banco Central Europeo, Luis de Guindos.
Y mientras las autoridades monetarias se plantan frente a los escaparates, los empresarios miran sus propios bolsillos. Aún hay control de precios en algunos sectores de la economía española, según indicaba la CEOE en su valoración del IPC del pasado viernes.
La patronal se debate entre dos posturas: por un lado quita hierro a la subida de la inflación. Si bien es cierto que el dato de diciembre arroja una subida de precios del 6,5%, la media del año se situó en el 3,1%. Además, achaca esta evolución al efecto base de 2020, dado que los precios de diciembre de ese año cayeron.
En esa misma línea, más allá de la energía y la electricidad, el aumento de los precios es moderado. De hecho, si se extraen los gastos más volátiles de la cesta de la compra (inflación subyacente), el aumento de precios es del 0,8%.
No obstante, aquí entra en juego el segundo punto de vista que pone sobre la mesa la CEOE. El encarecimiento de costes como la luz, así como el de algunas materias primas está siendo soportado por los negocios que, por el momento, «no han repercutido el aumento de costes de producción en los precios finales de bienes y servicios«.
