Abordar las desigualdades no puede ser ignorado por los inversores, pero primero hay que superar obstáculos.
La Covid-19 ha golpeado a los miembros más vulnerables de nuestra sociedad con más fuerza y con mayor velocidad. El Programa del Banco de Alimentos de la ONU advierte que, a finales de 2020, más de 250 millones de personas podrían sufrir hambre severa. Con las personas que no pueden trabajar debido a enfermedades o inseguridad laboral, corremos el riesgo de una combinación tóxica de pobreza, hambruna y disturbios sociales. Los ecos del coronavirus se escucharán durante años. Pero la crisis sanitaria no es la única manifestación de las crecientes desigualdades.
Indudablemente la Covid-19, como todas las grandes pandemias, aumenta las desigualdades, en un periodo en el que ya se estaban convirtiendo en un gran problema para las sociedades, las economías y los inversores. El incremento de la desigualdad social está ampliamente relacionado con la globalización, con los economistas y académicos apuntando a la tercera ola de globalización a comienzos de los años ochenta, una década de inestabilidad financiera, bajo crecimiento económico y desempleo masivo, como un periodo de desigualdad desproporcionada.
La OCDE señala que, en los años ochenta, el 10% de la población más rica ganaba siete veces la renta del 10% de la población más pobre. En 2015, esta diferencia se había incrementado a más de nueve veces.
Para la mayoría de los países desarrollados, la pandemia ha situado la cuestión de la desigualdad social en el centro de la atención política y mediática. Hemos presenciado cómo la desigualdad está integrada en nuestras estructuras económicas y arraigada en nuestras sociedades. Y cuando sucede una catástrofe, como una pandemia sanitaria, el impacto global puede ser devastador.
