Durante la cena, alguien menciona que parece un baile. Y sí, el modo en que los platos llegan a la mesa recuerda a una coreografía pero también podría ser una exposición de pintura en la que cada pase es un lienzo o una pieza musical compuesta por las presentaciones maestras de los dueños del restaurante y su experto equipo de sala.
Todo recuerda al arte y mucho tiene que ver con los orígenes e inquietudes del dúo fundador, Carlos Bacallao Soto y José Antonio Gallego, y Carlos Gallego, el alma creativa tras el menú de Los Llaureles. Pero, si hay una palabra que defina este lugar, es familia.

Y es que antes de los premios, antes del reconocimiento, del boca a boca y de triunfar en Asturias, una región donde comer no es solo un acto básico sino más bien una forma de vida, ya existía el núcleo familiar que hoy reina en la cocina y comedor de Los Llaureles.
Comer en familia
«Somos una familia desestructurada pero civilizada», resume José Antonio, antes de explicar cómo nació la idea que ha llevado al que hoy es un restaurante de referencia.
La historia puede resumirse de forma rápida y sencilla: una pareja que, harta del ritmo frenético de Madrid y de no poder coincidir apenas en el día a día, decide poner tierra de por medio y emprender en otro lugar.






