Thyssen-Krupp es el símbolo de la industria alemana del acero, pero el gigante, tan poco flexible, representa también todos los problemas que afronta ahora la economía germánica sobre todo basada en producir máquinas y componentes de todo tipo para el sector de automóvil. Aunque el negocio no va mal, el futuro es inseguro por los enormes cambios en la economía, el consumo y también en el sector de acero.
Excluyendo las actividades siderúrgicas, Thyssen-Krupp pudo aumentar en el primer trimestre de su año fiscal (termina 31. de septiembre) sus pedidos en un 6% a 8.100 millones de euros y subir las ventas en un 3% a 7.900 millones de euros. Pero el grupo que fue creada a partir del matrimonio de dos empresas metalúrgicas en 1999 – Krupp y Thyssen – tiene muchos retos a superar. Con 161.000 empleados y una facturación que supera los 43.000 millones de euros Thyssen-Krupp vale en bolsa unos 17.300 millones de euros.
Ya históricamente las dos empresas que forman el grupo provocaron polémicas y eran un símbolo de la economía nacional: Mientras los fundadores de Thyssen estaban abiertamente en contra del antisemitismo, la familia Krupp era un gran colaborador de Adolf Hitler, por lo que las lenguas populares la llamaban también la “manufactura de armas del Reich”.
El ahora posible Joint Venture del gigante germánico con el grupo indio Tata que es compuesto por 98 empresas, también provoca polémicas, aunque sin duda dará más sinergias y fuerzas a Thyssen-Krupp. Pero el futuro de este es igual de inseguro como el de todo el grupo que a partir del 1 de octubre de este año se va a dividir en dos – en Thyssen-Krupp industria y Thyssen-Krupp materiales.
La división en dos está controvertida