Después de la semana pasada Emmanuel Macron debe ya echar mucho de menos sus tiempos relativamente tranquilos en el sector de la banca de inversión. El presidente francés tiene un proyecto de reforma para Francia y Europa que provoca mucho recelo, no solamente en su propio país. Sus iniciativas valientes no son bien vistas entre algunos de sus compañeros ni en los partidos más populistas y tradicionalistas. Macron no se puede clasificar y esto irrita a muchos. Por un lado, exige unas fuerzas armadas europeas, y en el otro lado siempre defiende sus intereses económicos nacionales.
Además, se cuestiona su integridad por los muchos escándalos que atraviesa su gobierno y él mismo. Así la semana pasada Macron estuvo otra vez al borde de la crisis. El ministro de Transición Ecológica y Solidaridad François de Rugy era criticado por haber encargado obras generosas de rehabilitación en su residencia oficial y por haber organizado múltiples cenas de lujo. Claro todo pagado con impuestos. Ya ha dimitido. Así Francia va ahora por el tercer ministro de medio ambiente. Las altas facturas que pasa al pueblo persiguen a Macron desde su inicio en 2017 como presidente de la República. Se le criticaba a él y a su mujer entre otras cosas por gastar demasiado en peluquería y maquillaje.
Pero esto para Macron es poca cosa comparado con el movimiento de los chalecos amarillos, que han provocado que Macron ya esté en mínimos de popularidad. En mayo de 2017 se impuso en las presidenciales con el 66,1 % de los votos sobre Marine Le Pen, quien alcanzó el 33,9 %. Y así a los 39 años, se convirtió en el presidente más joven de la historia francesa, pero dos años después su popularidad se ubica en solamente un 24%. A nivel europeo también pierde amigos.
En España no ha gustado que Macron, después del cierre del acuerdo de libre comercio con los países del Mercosur, exigía en las últimas semanas varias veces cambios en el tratado, junto con los primeros ministros de Irlanda, Bélgica y Polonia. Aunque Macron dice que es por tema del cambio climático, es más bien por el aumento de las importaciones de vacuno latinoamericano – una amenaza directa para la agricultura francesa. «La agricultura brasileña es una máquina para exportar», escribe el periódico francés Les Echos.
El estado francés necesita dinero y tiempo