La propuesta de la Comisión Europea mostró la ambición de apostar por la generosidad en lugar de la austeridad. Con lo que no contaba la presidenta, Úrsula von der Leyen, es con que cada uno de los 27 gobiernos de la Unión Europea tienen unas necesidades e intereses distintos y, algunos, contrapuestos.
La principal dificultad del Consejo Europeo que se presenta este viernes y sábado es que no hay opción de no llegar a un acuerdo, porque no se dará el visto bueno hasta que no haya unanimidad. Se discute si los 750.000 millones del plan que propuso von der Leyen se mantienen, si de esa cantidad, 500.000 millones se facilitarán a los estados mediante subvenciones, si se emitirá deuda para financiar el plan o si, por el contrario, esas cifras tendrán que adelgazar, vistas las posiciones de los diferentes mandatarios europeos.
El gobierno español defendió desde el comienzo de la crisis que es necesario emitir deuda para poder ayudar ahora a los estados y que, como después propusieron Alemania y Francia, debía hacerse en forma de transferencias directas y no como préstamos. Por ello, la propuesta de la Comisión Europea se recibió con optimismo, aunque la realidad muestra al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que tendrá que ceder.
La semana pasada comenzó con el encuentro de Sánchez con su homólogo italiano, Giuseppe Conte. Las intenciones de ambos países son similares, por lo que la reunión sirvió para afianzar los puntos en común. No ha sucedido así en las escaramuzas de Sánchez durante esta semana, en la que su discurso ha dado un vuelco completo.
El lunes, Sánchez se desplazó hasta La Haya (Países Bajos) para ser recibido por el primer ministro neerlandés, Mark Rutte. En una conversación informal con los periodistas antes de recibir a Sánchz, Rutte advirtió de que no será fácil llegar a acuerdos. Tras la conversación entre ambos dirigentes, fuentes del Gobierno apuntaban que la propuesta de la Comisión Europea es «el punto de partida mínimo para la negociación».